Se le iban cayendo los méritos formativos por la cara interna de las rodillas,
y sus muslos fueron página a página desarmándose de fechas, firmas, y horas lectivas.
Había una gran arrogancia en eso de quitarse el sombrero a sus pies e ir recogiendo años de pupitres, trabajos, investigaciones, tinta negra, tinta roja derramada.
Fueron momentos intensos, la barriga se le quedó vacía de calificaciones;
sobresaliente para el momento en que tus dedos arrancaron el último diploma con aprecio a su puntualidad, compañerismo, y buen hacer.
Se le concede matrícula de honor al acierto de sus padres;
tenía tanta cultura adentro de la boca,
que entrar de forma gratuita te pareció que merecía al menos una amonestación verbal por su parte.

